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sábado, 2 de marzo de 2013
lunes, 26 de noviembre de 2012
El detalle
Lo encontré en esa esquina. Tenía la camisa que yo le regalé hace como cinco años y me sonrojé. Cinco años para una camisa es mucho más de lo que uno espera que dure una camisa. Quedamos frente a frente. Él en el semáforo del lado de allá, yo en el semáforo del lado de acá. Las pestañas se paralizaron. Todo se me paralizó, menos mi mano derecha que se atrevió, con el pulso de un maraquero, a organizarse el pelo. Lo movió desordenamente hasta dejarme tan despeinada como pudo. A él, a ese hombre que traía gafas negras y pelo negro y zapatos azules, le gustaba, en esa época en que le gustaba, absolutamente despeinada. Lo hice mecánico.
Esperé el semáforo y tuve que ser empujada por una viejita que estaba detrás, de afán, para que se fuera el tatequieto. Caminé. Él no. Caminé y cuando estuve de frente levanté la cabeza, en ese gesto presuroso de ir arriba hacia abajo, que parece un saludo, pero que solo es un sube y baja de la cabeza. Él hizo lo mismo. Seguí por mi lado y él se quedó en ese mismo lado de allá, sin voltearse. Fue un segundo y estaba furiosa, como en los tiempos viejos.
Mis zapatos se detuvieron. Mi cuerpo se giró. Mis pies se devolvieron. Mi mano se puso en su hombro. Mi hombre se volvió hacia mí. Mis ojos le miraron. Mi boca, entonces, le dijo, por los viejos tiempos, y le zampó un beso con labial rojo. La cabeza solo tuvo tiempo para un detalle: no era mi camisa. Era la misma camisa, con una etiqueta de compra olvidada: 50 Euros.
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viernes, 26 de octubre de 2012
El Principito y el nativo digital
Capítulo perdido de El Principito
Texto: Regina Carrá Ilustración: Carlos Lavida
El Octavo planeta estaba habitado por un nativo digital. Tenía un smartphone en la mano y no cesaba de tocarlo con los dedos.
-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -respondió cortésmente el nativo, pero no alzó la mirada de su aparato. Las yemas de sus dedos no cesaban de posarse sobre la pantalla.
-¿Qué haces?- preguntó el principito.
- Converso con mis amigos - contestó el nativo sin alzar la mirada.
- Pero estás solo. ¿Dónde están tus amigos?
-Por ahí... Por allá ... - contestó el nativo.
- ¿Vamos a mirar un atardecer?
- No puedo - contestó el nativo. - Estoy conversando con mis amigos.
- Pero estás solo.
- No, algunas veces nos vemos en persona. Pero la mayor parte del tiempo nos comunicamos por aquí. Es mucho mejor, no tengo que ir a ningún lado y ellos tampoco.
-¿Y de qué sirve tener amigos si casi nunca los ves?
- Me ahorra tiempo.
-¿Tiempo para qué?- preguntó el principito.
- Para conversar con mis amigos.
"Tal vez no vale la pena tener amigos- pensó el principito- si uno siempre va a estar solo."
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martes, 2 de octubre de 2012
La Prisionera
A propósito del conflicto sirio y que en la reunión de la ONU fue conjuntamente con la crisis el tema principal, traigo a colación un texto de otro conflicto de hace años en la zona.
"102 de 289. Doscientas ochenta y nueve mujeres. Tú eras la 102. Entraba antes del amanecer en la vieja ciudadela. Cruzaba el puente sobre el parsimonioso Nilo y llegaba al promontorio sobre el que en el siglo XII Saladino había construido una fortaleza, la ciudadela, reconvertida en prisión.
Hacía una ronda con los guardianes del turno de noche y luego iba hasta tu celda. Descorría el ventanuco metálico de la puerta y te observaba. Desnuda, con los grilletes en las muñecas, encogida sobre ti misma. Te habíamos detenido tres días después del asesinato del presidente Al-Sadat. Yo era coronel en la brigada 21 de contra espionaje en El Cairo.
Te torturamos y delataste a familiares, amigos y compañeros de la Universidad. Tras esos primeros días te dejamos en paz, sola, en tu oscura y mohosa celda. No llorabas, no te movías, no hablabas.
Pese a las heridas, las contusiones, la falta de higiene y la escasa comida que recibías, conservabas una belleza extraña, retadora, amenazante para cualquier hombre.
Te soltamos seis meses después, una noche, cubierta tan solo con una manta, te dejamos en Mahdi, al otro lado de la línea férrea. No volví a verte. Me llegaron noticias, rumores, de que los Hermanos Musulmanes te habían asesinado en venganza por tus delaciones. No quise creerlos.
Miro tu ficha policial y pienso en el desconcertante destino de las personas.
Tu odio, tu miedo eran proporcionales a mi deseo.
Quisiera creer que has sobrevivido. Mañana viajo a Munich."
domingo, 12 de agosto de 2012
Los Enamoramientos - Javier Marías
Ya he dicho varias veces que estoy de un vago exagerado, así que mientras me recompongo y me dan ganas de derramarme en prosa, les dejo este par de extractos que tomé de la novela de Javier Marías "Los Enamoramientos" para que reflexionemos sobre el tema y si se animan me dejen su punto de vista al respecto en los comentarios.
Los Enamoramientos – Javier Marías
“Vamos aprendiendo que lo que nos pareció gravísimo llegará un día en
que nos resulte neutro, sólo un hecho, sólo un dato. Que la persona sin la que
no podíamos estar y por la que no dormíamos, sin la que no concebíamos nuestra
existencia, de cuyas palabras y de cuya presencia dependíamos día tras día,
llegará un momento en que ni siquiera nos ocupará un pensamiento, y cuando nos
lo ocupe, de tarde en tarde, será para un encogimiento de hombros, y a lo más
que alcanzará ese pensamiento será a preguntarse un segundo: “¿Qué se habrá
hecho de ella? ”, sin preocupación
ninguna, sin curiosidad siquiera. ¿Qué nos importa hoy la suerte de nuestra
primera novia, cuya llamada o el encuentro con ella esperábamos anhelantemente? ¿Qué nos importa, incluso, la suerte de la
penúltima, si hace ya un año que no la vemos?
¿Qué nos importan los amigos del colegio, y los de la Universidad , y los
siguientes, pese a que giraran en torno a ellos larguísimos tramos de nuestra
existencia que parecían no ir a terminarse nunca?
¿Qué nos importan los que se desgajan, los que se van, los que nos dan la
espalda y se apartan, los que dejamos caer y convertimos en invisibles, en
meros nombres que sólo recordamos cuando por azar vuelven a alcanzar nuestros oídos,
los que se mueren y así nos desertan?
No sé, mi madre murió hace veinticinco años, y aunque me siento obligado a que
me dé tristeza pensarlo, y hasta me la acabe dando cada vez que lo hago, soy
incapaz de recuperar la que sentí entonces, no digamos de llorar como me tocó
hacerlo entonces. Ahora es sólo un hecho: mi madre murió hace veinticinco años,
y yo soy sin madre desde aquel momento. Es parte de mí, simplemente, es un dato
que me configura, entre otros muchos: soy sin madre desde joven, eso es todo o
casi todo, lo mismo que soy soltero o que otros son huérfanos desde la
infancia, o son hijos únicos, o el pequeño de siete hermanos, o descienden de
un militar, o de un médico o de un delincuente, que más da, a la larga todos
son datos y nada tiene demasiada importancia, cada cosa que nos sucede o que
nos precede cabe en un par de líneas de un relato.”
“Cuando alguien está enamorado, o más precisamente cuando lo está una
mujer y además es al principio y el enamoramiento todavía posee el atractivo de
la revelación, por lo general somos capaces de interesarnos por cualquier
asunto que interese o del que nos hable el que amamos. No solamente de fingirlo
para agradarle o para conquistarlo o para asentar nuestra frágil plaza, que
también, sino de prestar verdadera atención y dejarnos contagiar de veras por
lo que quiera que él sienta y transmita, entusiasmo, aversión, simpatía, temor,
preocupación o hasta obsesión. No digamos de acompañarlo en sus reflexiones
improvisadas, que son las que más atan y arrastran porque asistimos a su
nacimiento y las empujamos, y las vemos desperezarse y vacilar y tropezar. De
pronto nos apasionan cosas a las que jamás habíamos dedicado un pensamiento, cogemos
insospechadas manías, nos fijamos en detalles que nos habían pasado
inadvertidos y que nuestra percepción habría seguido omitiendo hasta el final
de nuestros días, centramos nuestras energías en cuestiones que no nos afectan
más que vicariamente o por hechizo o contaminación, como si decidiéramos vivir
en una pantalla o en un escenario o en el interior de una novela, en un mundo
ajeno de ficción que nos absorbe y entretiene más que el nuestro real, el cual
dejamos temporalmente en suspenso o en un segundo lugar, de paso descansamos de él (nada tan tentador
como entregarse a otro, aunque sólo sea con la imaginación, y hacer nuestros
sus problemas y sumergirnos en su existencia, que al no ser la nuestra ya es
más leve por eso). Tal vez sea excesivo expresarlo así, pero nos ponemos
inicialmente al servicio de quien nos ha dado por querer, o por lo menos a su
disposición, y la mayoría lo hacemos sin malicia, esto es, ignorando que
llegará un día, si nos afianzamos y nos sentimos firmes, en que él nos mirará
desilusionado y perplejo al comprobar que en realidad nos trae sin cuidado lo
que antaño nos sucitaba emoción, que nos aburre lo que nos cuenta sin que él
haya variado de temas ni éstos hayan perdido interés. Será sólo que hemos
dejado de esforzarnos en nuestro entusiasta querer inaugural, no que
fingiéramos y fuéramos falsas desde el primer instante. Con Leopoldo nunca hubo
un ápice de ese esfuerzo, porque tampoco lo hubo de ese voluntarioso e ingenuo
e incondicional querer; sí en cambio con Diaz-Varela, con quien me volqué
intimamente –es decir, con prudencia y sin agobiarlo, ni casi hacérselo notar-
pese a saber de antemano que él no podría corresponderme, que él estaba a su
vez al servicio de Luisa y que además llevaba por fuerza mucho tiempo esperando
su oportunidad.”
miércoles, 6 de junio de 2012
Oda a las brujas (pero no a las de mi categoría)
Mientras me desenredo (léanme salir de mis pruebas de catalán, fiestas de fin de curso y demás compromisos que tengo pendientes, etc.) y puedo postear algo mío, encontré ésto que cayó como anillo al dedo, sobre todo por una consulta que tuve ayer.
Besos Mágicos
"Veo como te quedas ahí, esperando. Haces un poco de mala cara. Tienes la esperanza de que su novia esta vez diga que no, que está cansada, que se quiere ir a dormir. Entonces, tú saltarías como una leona en celo y le dirías que, si quiere, pueden ir a dar una vuelta, que tú eres capaz de llevarlo hasta el fin del mundo, si quiere, o hasta el final del orgasmo si le parece, también. Y ella, como si tuviera un séptimo sentido de más, no se va. También espera. Él no dice nada, ni te mira, como quisieras que te mirara. Amistad, dice él, pero tú estás que te abalanzas, que le das besos, que le dices que deje a la novia. Los sueñas peleando y te atreves a un lance: ¿verdad que pelean mucho? Él dice no, rotundo. La verdad, parecen dos tórtolos enamorados, para decir las cosas mañemente, y ya te atreviste a decirle, en esas conversaciones tira perros que no se nota que, ella y él son el uno para el otro (en realidad crees que son tú y él). Sabes que es una manera de distraer al enemigo, pero se nota en la cara y en la boca: te chorrea la baba. La miras a ella, te miras a ti, te comparas. Igual de monas. Él no dice mucho, salvo el mismo trato que le da a cualquier amiga. Respiras y aún guardas la esperanza, aunque escribes en el Twitter que cada vez es más difícil. Te enojas. Esta noche tampoco será. Se fue con ella, como esa vez que te dejó plantada, vestida y alborotada, con el corazón a estallar y las intenciones exactas: darle un beso, zampárselo en la boca, declarársele casi al punto del matrimonio. Te gusta. A él, a veces. Por lo menos es la traducción de sus palabras, que acomodas a tus intenciones.
Esta noche tampoco será. Sueñas con él. Ese es el problema de las que están detrás. Demasiado fáciles en miradas. Demasiada baba junta. El problema es, sobre todo, enamorarse en solitario. Entonces te acuerdas de esa película: ¿Y a ti quién te persigue? Nadie. Nadie te persigue a ti. Y ahí es cuando sientes que el corazón te pincha. Has llegado tarde, otra vez"
Esta noche tampoco será. Sueñas con él. Ese es el problema de las que están detrás. Demasiado fáciles en miradas. Demasiada baba junta. El problema es, sobre todo, enamorarse en solitario. Entonces te acuerdas de esa película: ¿Y a ti quién te persigue? Nadie. Nadie te persigue a ti. Y ahí es cuando sientes que el corazón te pincha. Has llegado tarde, otra vez"
martes, 13 de marzo de 2012
Las supersticiones más famosas
Hoy por ser martes 13 me parece el día indicado para hablar de supersticiones. Creas o no en ellas... El mundo de lo sobrenatural siempre ha influido en nuestra vida. Las supersticiones están a la orden del día y los más excéntricos dejan que su existencia se rija por ellas. Aquí tienes una lista de las supersticiones más famosas de todos los tiempos.
Doce más uno son... Aparte de que no salía a la calle sin un bastón que él mismo llamaba “de la buena suerte”, parece ser que sir Winston Chuchill tenía aversión al número 13. En Hong Kong es muy popular una anécdota sucedida durante una de sus visitas a la ex colonia británica. Se dice que abandonó un almuerzo exclusivo al que había sido invitado en el club Victoria’s Peak al ver que solo eran doce comensales más uno.
Viva la Fórmula 13. Ni un universo tan sofisticado como el de las carreras de coches y de motos escapa al pánico que produce el número 13. De hecho, en la Fórmula 1, desde 1950 solo dos pilotos lo han lucido en sus coches: Moisés Solana en 1963 y Divina Galica (una de las pocas mujeres que han competido en esta categoría) en 1973; y ninguno disputó su segunda carrera. Pero cada piloto tiene sus manías. Valentino Rossi, antes de cada carrera se humedece los dedos y se frota los ojos con ellos.
La obra innombrable de Shakespeare. Se dice que quien representa Macbeth ha condenado su carrera al fracaso; pero no hace falta llegar a tanto, porque basta con mencionar su nombre o recitar solo cuatro versos seguidos para atraer a la fatalidad. Por eso, muchos actores ni mencionan su título: se refieren a ella como “la tragedia escocesa”. Además, se cuentan numerosas historias de accidentes y tragedias (algunas reales, como el incendio en 1964 de un teatro de Lisboa donde se representaba la obra) vinculadas a esta pieza. ¿Pero de dónde viene su mala fama? De la propia noche de su estreno, en 1606, cuando el muchacho que iba a interpretar el papel de lady Macbeth falleció en un accidente horas antes de subirse el telón.
Contra el mal de ojo. El escritor William Somerset Maugham no se planteó si era supersticioso hasta que, en un viaje a China una mendiga a la que le negó una limosna le lanzó una maldición. Desde ese día, colgó en su escritorio un símbolo contra el mal de ojo, lo cosió en la ropa y lo dibujó en sus manuscritos.
El color maldito. Según cuenta su biógrafo, Donald Spoto, el director Alfred Hitchcock pensaba que el color rosa daba mal fario desde que de niño su madre le castigó a pasar una noche encerrado en una carbonera por estropearle un vestido de esa tonalidad. Por eso, se cuenta que, a punto de iniciar el rodaje de "Psicosis", Hitch vio a Janet Leigh entrar en su despacho con un suéter de ese color, pensó que era un mal presagio y decidió neutralizarlo rodando el filme en blanco y negro.
Entrar con buen pie. Samuel Johnston fue un escritor británico del siglo XVIII que tenía la manía de entrar en cualquier recinto con el pie derecho. Creía que si lo hacía con el izquierdo atraería la desgracia. Además, su contemporáneo James Lowell relató en "The life of Samuel Johnston" que tenía obsesión por tocar los postes de madera y por no pisar las grietas del pavimento.
Los leones de bronce. Ponziano Ponzano fue un escultor español de finales del siglo XIX que se negaba a realizar figuras de animales en mármol o en piedra, porque pensaba que traían mala suerte. Pero se replanteó su creencia cuando le ofrecieron fabricar los leones que hoy adornan las puertas del Congreso de los Diputados. Ponzano aceptó el encargo cuando le aseguraron que las piezas se moldearían con el bronce de los cañones capturados a los marroquíes en la batalla de Wad-Ras. Desgraciadamente, el artista murió al poco de terminar su obra, sin llegar a verla instalada en su emplazamiento actual.
Superman está maldito. Hay papeles con mal fario que pocos quieren interpretar en el cine. Como el de "Superman", considerado un imán de desgracias. Su mala fama se debe a que George Reeves, el primer actor que encarnó al superhéroe, fue asesinado en 1959; y su sucesor, Christopher Reeve, quedó tetrapléjico en un accidente. Por eso, cuando en 2004 se rodó "Superman returns", las grandes estrellas dijeron que no al personaje. Al final, fue el desconocido Brandon Routh quien se atrevió a interpretarlo. Su carrera aún no ha levantado el vuelo.
Sueños felinos. Bonaparte adquirió fobia a los gatos negros durante la campaña de Egipto, influido por la adoración de la que era objeto dicho felino en el país de los faraones. Una leyenda dice que antes de la batalla de Waterloo Napoleón le había confesado a uno de sus comandantes, Michel Ney, que estaba convencido de que iba a perder la batalla, ya que la noche anterior había soñado con un gato negro.
¿Biografía mortal? Gabriel García Márquez nunca ha dudado en declararse supersticioso. De hecho, en una ocasión explicó: “Yo crecí en un mundo en el que mi abuela hablaba con los muertos, y no me he desprendido de eso. Aunque mis supersticiones no son el miedo al número trece ni a pasar por debajo de una escalera. Tengo las mías propias”. ¿Y cuáles son? El británico Gerald Martin descubrió una de ellas cuando en el año 2000 se entrevistó con Gabo para escribir un libro sobre su vida. “No quiero que me hagan una biografía”, le respondió el escritor. “Creo que esa es una forma de invocar a la muerte”.
El color que mata. A los actores españoles el color amarillo les da “mal rollo”. La razón que aducen viene de 1673, la representación de la obra de Molière, "El enfermo imaginario". El autor se reservó el papel principal, pese a que él sí estaba enfermo de tuberculosis. Actuó vestido de amarillo (para los franceses, el traje era verde) y en plena función sufrió un ataque. Falleció a las pocas horas.
Fetiches en el ruedo. Muchos matadores cultivan rituales para alejar el “mal fario”, pero se dice que el caso más sorprendente fue el de Rafael Gómez Ortega, “el Gallo”. Al diestro le gustaba alardear de que no era supersticioso. Por eso lucía un anillo que tenía grabado el número 13, y en una ocasión en la que alguien del público le lanzó una “bicha” muerta (una culebra, símbolo de mala suerte), desafió al infortunio atándosela al cinto. Pero en la intimidad, y antes de cada corrida, el Gallo le rezaba trescientas oraciones a las estampas religiosas que llevaba en una capilla portátil.
Una oración oculta. A. J. Krailsheimer cuenta en su libro "Pensées: Blaise Pascal" que en 1645 este pensador, físico y matemático sufrió un ataque de misticismo, tras el cual cosió en su chaqueta un papel con una oración que le protegería de las malas influencias: “Jesucristo, Jesucristo. He huido y renegado de Él. Que no esté nunca más separado de Él. Ofrezco la completa sumisión a mi Señor a cambio de la alegría eterna por una vida a prueba en la tierra”.
Herrar al diablo. Una leyenda cuenta que en el año 959 un herrero llamado Dunstant recibió la visita de un ser que le encargó unas herraduras para sus pies, que se parecían a pezuñas de cabra. Aquel detalle le hizo sospechar que era el demonio. Por eso, Dunstant le encadenó y le torturó moldeando las herraduras con hierro fundido sobre sus pezuñas. El diablo sufrió tanto que, a cambio de que cesara el tormento, prometió que nunca haría daño a quien usara una herradura como protección.
La cama sin hacer. En "El libro de los hechos insólitos" (de Gregorio Doval) se recoge que Eduardo VII, que reinó en Inglaterra de 1901 a 1910, no permitía que le hicieran la cama en viernes ya que según una creencia, si se cambian las sábanas ese día, el diablo se hará con el control de nuestros sueños.
miércoles, 8 de febrero de 2012
Piropo
"Lo más blanco que hay,
es la primera vez que vi nieve
Lo más negro que hay,
es un carro fúnebre cuando llueve.
Si quisiera decirte lo más bello que evoco
usaría tu nombre si no te ofendes por el piropo.
Negra y blanca mi guitarra
blanca y negra la ciudad
de los negros el candombe
de los blancos viene el vals.
La noche es de tu cintura
la luz de tu corazón
sin perder las esperanzas
te dedico esta canción.
Lo más lejos que hay es el fondo del mar
lo más cerca que hay es la panadería
y en el medio aquí estoy recordando.
Cercana está tu mirada
lejano tu corazón
Sin perder las esperanzas
te dedico esta canción."
(Piropo - Jaime Ross)
Como me gustaría tener el arte de Jaime Ross o Adriana Varela para poder escribir o cantar así de bonito... Aunque a lo mejor tengo arte para otras cosas.
Pensándolo bien si lo tengo. Tengo arte para expresar mis sentimientos con una mirada o con un abrazo, (me encanta abrazar) tengo arte para conversar y entender a las personas, tal vez por eso soy abogada y además leo el Tarot. También tengo mucho arte para otras cosas que no voy a decir aquí y quienes me conocen saben perfectamente a que me refiero, por ejemplo se me viene a la mente uno que ahora sólo disfruta mi adosado y para el cual va dedicado este post...
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lunes, 6 de febrero de 2012
La Espera
Todo el mundo se fue. Queda ella y los señores de al lado. Dos viejitos ensimismados, que ya acabaron sus energías en los veranos de hace más de quince años. Ella los mira. Se acuerda de la viejita de la que su mamá habla tantas veces. Siempre que le preguntaba que qué hacía en la ventana, la viejita le decía que esperando la muerte. Sí, a esa edad y a esas arrugas no hay de otra que esperar la parca sentada al lado de uno, estirando la vaina esa para llevárselo con ella.
Uno, a esa edad, debe tener ganas de gritarle a la muerte, que por favor, que se lo suplico, que de rodillas y todo, le corte la cabeza y no deje más títeres con cabeza. ‘Oh muerte querida, ¡llévame!, ¡llévame’!, gritos desesperados y uno agarrado a la pata de la muerte para que no se vaya sin uno. Ella mira a los viejitos y piensa en la muerte. Es que ya deberían morirse, pegarse a los pies de la parca esa, suplicarle. Eso piensa ella, que le tiene miedo a la vejez, al alzheimer, a perder con los años la libertad de ir al baño por sí misma, la capacidad de pensar, de montarse a un taxi, de gritar que ella puede, sin que nadie le ayude. Ha pensado tantas veces en la vejez, que prefiere la muerte. Por supuesto que hay viejos más jóvenes que los mismos jóvenes. Esos tienen derecho a vivir tantos años como les de la gana. Los otros no. Los otros tienen derecho a morir, porque a esas alturas han perdido toda capacidad de reconocerse y de decidir, incluso, si se pueden morir. Ha pensado tantas veces en la vejez, que está por apuntarse al club de suicidas que le proponía el profesor hace tiempo. Sería chistosísimo. Un club de suicidas para viejos que ya se quieren morir. Porque la muerte no puede ser tan indiferente cuando no hay nada más que hacer con el cuerpo, con la cabeza y con el tiempo. Cuando el infierno llega antes de tiempo.
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miércoles, 20 de abril de 2011
De mi cachaco hermoso: "El viaje de los sueños"
"¿Por qué lloverá tanto?", le preguntó una hoja a un barquito de papel.
"Es para que los niños jueguen en los charcos", respondió orgulloso el barquito de papel.
"Ah no, tú feliz porque mañana estarás navegando en cuanto arroyo se forme y harás sonreír a miles de niños; en cambio yo ¿qué puedo ofrecer?"
El barquito se quedó mirándola. Según le habían dicho la naturaleza, en cierta época del año, cambia de ropa y se dio cuenta de que, ahora, la hoja era amarilla.
"Pero amiga, no estás a la deriva. Junto a las demás tú formas un hermoso tapete al caer de los árboles. ¿Cuántas pinturas, poemas o canciones no han sido inspiradas por ustedes?", aseguró el barquito de papel.
Aún así la hojita no sentía que ocupara ningún lugar destacado en el Universo. Se veía allí, tan simple, acabada de arrancar de una rama por el viento frío de la tarde. Resignada, y muy triste, empezó a llorar en medio del silencio.
Justo en ese instante pasaba un hombre cargando una guitarra. Venía de cantar por las calles de aquella ciudad gris. Se sentó en una banca del parque, dejó que la lluvia mojara su rostro, respiró profundo y cerró sus ojos. Luego se levantó para marcharse, empezó a caminar, dio tres pasos y, de pronto, se detuvo.
Desandó el camino, regresó al punto de partida, se agachó y eligió, entre todas, la hoja que, minutos antes, se quejaba de no ser más que una señal de tiempos que no volverían.
Nerviosa, la hojita se sonrojó sin entender lo que sucedía. Enseguida el hombre se sentó de nuevo en la banca, buscó algo en el bolsillo de su chaqueta, sacó un lápiz y, sobre la superficie suave de la hojita, escribió:
"Acá no es otoño, tampoco vendrá el invierno, mucho menos el verano. La primavera, sin embargo, la tengo asegurada desde que te conocí. Te amo"
El barquito de papel sonrió mientras le guiñaba un ojo a la hojita, pues entendió que su amiga se convertiría en mensajera de un sentimiento.
El hombre se paró, volvió a caminar tres pasos y se detuvo otra vez. A sus pies vio un alegre barquito de papel. Le llamó la atención el colorido de su barriguita. Entonces lo recogió con mucho cuidado, le puso la hojita con sus palabras, los llevó a un riachuelo que bajaba alegremente de la montaña y esperó emocionado que se alejaran hasta perderse arrastrados por la corriente. Sabía que, tarde o temprano, desembocarían en el mar y llevarían hacia el otro lado del continente el mensaje con su sentida declaración de amor.
El anterior texto es de un amigo mío al que quiero mucho, y como me emocioné al leerlo, pensé en compartir la emoción que siento con quienes se asoman a mi ventana. Espero que les guste tanto como a mí. Si quieren leer algo más de Caselo pueden hacerlo pulsando el siguiente enlace: El Mago de tu Corazón
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