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miércoles, 14 de febrero de 2018

Trinidad

Ella tiene un lío en la cabeza que ya no sabe como gestionar, después piensa -¿qué más da?- Y hace bien, porque pensar en eso es añadirse un problema que no lo es.

Recapitulemos:
Tiene un marido al que ama infinitamente, con un amor pausado, permisivo, tolerante, de madre, de aquellos que dicen al despedirlo cada mañana "mi Dios me lo bendiga y me lo cuide y la Virgen me lo lleve con bien", (frase que nunca había utilizado hasta ahora) y él, que jamás en sus casi 70 años había oído algo parecido ni por casualidad, responde automáticamente -Amén-, luego corre a la ventana que da al parquin para darle el último adiós, y si nadie la ve, echarle una bendición. Es un amor de cortarle las uñas de los pies sin enfadarse a pesar de sus protestas, y a la hora que él quiera, no puede ser un sábado o domingo por la tarde cuando ella está dispuesta porque él está haciendo la siesta, sino un martes a las once de la noche cuando él dice: -¡ya no me caben los zapatos en los pies de tan largas que tengo estas uñas!- Es un amor de reír en la cama antes de dormirse mientras se pega a su espalda buscando calor, de besos donde ya no hay pasión y de abrazos que ya no son preliminares de nada, pero que hace años los dos aceptaron pues con eso basta y sobra, aunque él se enfade porque ella se lo haya dicho al médico.
Pero cómo no va a amarlo con toda su alma si al regresar a casa y saber del porqué de su llanto le dice: -¿Entonces para qué me tienes a mí? Yo me organizo como sea, pero aquí estaré para cuidarte, tú no estás sola, anda, sécate esas lágrimas que aún no sabemos si es grave, que no lo creo, pero sea lo que sea, aquí estoy yo.-

Pero también está C con el que llevaba un par de meses "peleada" y tienen una ciber-relación hace un año. Él también está casado como no podría ser de otra manera, vive a miles de kilómetros, estuvieron a punto de encontrarse personalmente una vez pero las cosas no se dieron y para ella eso tal vez precipitó el enfriamiento que tuvieron, eso y que apareció un tercero en discordia, el caso es que durante el tiempo que estuvo sin hablar con C lo echó de menos, le hacían falta sus charlas, el que él estuviera tan pendiente de ella y el sentirlo tan cercano a pesar de la distancia. Es curioso como una cualidad de un momento a otro pasa a ser un defecto, lo que le encantaba al mirarlo y entre risas le decía -estás más salido que un balcón- al enfriarse su deseo sexual por él, pasó a ser un fallo imperdonable.
Lo eliminó de todas sus redes sociales, lo bloqueó, lo desterró de su vida, hasta que hace unos días por un canal que ella no tuvo en cuenta él le envió un mensaje y ella comprendió que ese hombre también la ama, es otra forma de amor, porque no necesita contacto físico, porque solo basta la voz, el verse a través de una pantalla, el enviarse mensajes o canciones, porque son así de cursis los dos, porque a sus años han vivido nuevas experiencias juntos, han soñado, han hecho planes para los dos, que seguramente no se realizarán, pero los hicieron, y porque para ella significó mucho que él le celebrara San Valentín ayer.

Por último está M, lo conoció cuando era una adolescente y solo recuerda de él unos besos en el portal de su casa y sus piernas apretando las suyas bajo las mesas de las heladerías del barrio donde vivían. No recuerda porqué con ella él se comportaba así, si ella era tan bonita, la sobrina de Pepita a quien todo el mundo conocía y quería, estudiaba en un colegio de señoritas bien, no era una chica para esconder, todo lo contrario, era una de las de mostrar, de esas que se llevan del brazo y un hombre se siente orgulloso de pasear con ellas, pero no, M la escondía, y lo peor fue cuando públicamente empezó a salir con una fea, ella lo toleró unos días, pero poco más, luego a otra cosa mariposa y sus caminos se separaron para siempre.
Hasta noviembre que una amiga en común le dijo -M supo que estás por aquí y me pidió tu número, ¿se lo doy?- Entre sorprendida y halagada le respondió que sí. No se vieron pero si retomaron el contacto perdido hace más de 30 años. Ella lo único claro que tiene ahora es que con M no hay, ni ha habido, ni habrá amor, porque entre ellos es un sentimiento inexistente, lo que siente es simplemente algo animal. Cuando hablan lo único que tiene claro es que él vuelve a seducirla como cuando era una cría, pero no le importa, hacía años que no le temblaban las piernas como ahora apenas con escuchar una voz, que no se sentía mujer de la cintura para abajo, que solo fingía, que su mar no se desbordaba a borbotones sin siquiera tocarse, y pensaba que eran inventos de novela rosa el que bastara imaginarlo por detrás mientras el agua caliente chorrea por sus nalgas, para correrse hasta sentir que las estrellas se precipitan sobre sus ojos... 

Y así está ella, con su Trinidad a cuestas, jodida pero contenta.

                    

miércoles, 31 de enero de 2018

Superluna azul

Anoche salí a disfrutar de la superluna azul era un acontecimiento que no podía perderme ya que es un fenómeno que no se repite desde hace 150 años: Un eclipse lunar, una superluna, una luna de sangre y una luna azul, la próxima vez que ocurra será el 31 de enero de 2037. 

Di un largo paseo por tejados y azoteas, me columpié en ramas de árboles que no pierden sus hojas en el invierno y me quedé hechizado por la brillante luz de luna, se veía tan cercana que casi podía tocarla.


Cuando ya regresaba me dio por hacer malabares y piruetas en los balcones, desde que era un tierno pet ya era todo un funámbulo, si es que me viene de serie, y me llamó la atención ver a dos hombres que se encontraban sentados frente a un ordenador, muy concentrados al parecer.


De pronto el más guapo de ellos, un moreno de edad madura se levantó y se acercó a la ventana donde yo estaba, pero no me vio porque estaba absorto en su móvil y me dio la espalda. Como soy tan cotilla levanté mi cuello y alcancé a ver lo que hacía.
Le respondía un WhatsApp a una mujer diciéndole que no se preocupara, que todo estaba bien y que esa foto no iba a alterar para nada su relación.
Se quedó mirando el móvil y sonrió, como si le hiciera gracia que ella estuviera preocupada por esa tontería, o como si al pensar en ella se dijera para sus adentros que se comporta como una niña a pesar de que es una mujer madura.
Luego volvió a su silla y por su expresión, creo que se olvidó completamente del asunto.

Seguí con mi paseo un par de horas más con la luna alumbrando mi camino, fue una noche mágica como habían pronosticado, y quien sabe, puede que en el 2037 en mi séptima vida, me toque ver la próxima superluna azul. 

lunes, 30 de noviembre de 2015

Aniversario


Si esa tarde ella hubiera sabido que 20 años después estaría sola, gorda, lejos de todo lo que ama, llorando y tiritando de frío, tal vez no se hubiera quedado dormida ni un segundo...

Seguramente su encuentro lo habría pactado más temprano y ni por equivocación le hubiese dejado desperdiciar tanto tiempo en conversaciones tontas; se debería haber fijado en todos los detalles para retenerlos en su memoria y ahora recrearlos para sentirse acompañada y alegrarse un poquito la tarde, pero no lo hizo, simplemente se lanzó de cabeza en sus brazos sin pensar en las consecuencias, sin saber siquiera cuanto duraba la inauguración de un Metro y si alguien notaría su ausencia en el acto.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Tramontana



Conocí a Neus cuando llegué a España, y desde que mi marido me la presentó en el portal me fascinó. Es una mujer encantadora, de carácter fuerte, “catalana de soca-rel” como dicen aquí, pero muy amable y servicial. Vive sola al igual que la mayoría de mis vecinas, de hecho mi edificio se conoce como “l'edifici de les vídues”. Ya está jubilada, así que tiene todo el tiempo del mundo para ella. Por eso al pasarle a cobrar la cuota de la comunidad, o a preguntarle cualquier inquietud que tengo respecto a la contabilidad de la misma, aprovecha para invitarme a un café, tirarme de la lengua y contarme una que otra confidencia.

Entorna la mirada, se pierde en sus recuerdos y empieza a hablar sin parar.

-“Mi pequeña Laia era mi mundo. Cuando la tuve en mis brazos y miré su carita de ángel dormido se me olvidó por arte de magia todo el sufrimiento que había sentido. Los dolores de las contracciones del parto eterno, la humillación de volver a abrir las piernas a unos desconocidos y hasta la rabia y la impotencia que sentí mientras me violaban, se habían esfumado. Ahora al tenerla en mi regazo sabía que todo había sucedido por una razón: ella era esa razón, mi razón de vivir y yo me desvivía por ella. Como pobre nunca le faltó nada, me partí el lomo cada día en cuanta “feina” encontré, pero siempre tuve con qué alimentarla y vestirla hasta que apareció el Joan.

Al principio creí que él era mi salvación. Ay hija, es que todas las mujeres enamoradas somos iguales y nos creemos las promesas de los hombres, pero la dicha poco me duró, ya que al poco tiempo de casarnos empezó a practicar su deporte favorito: pegarme”-.

Sus ojos se llenan de lágrimas al recordar, se pasa el dorso de la mano por la cara para no llorar.

-“Debería acordarme de los buenos momentos, aunque fueron pocos, también los hubo”-. Pero hace caso omiso a sus palabras y sólo recuerda las palizas, sus ruegos para que no le pegara en la cara, las carreras por todo el piso tratando de esconderse sin éxito, el llanto de Laia encerrada en su habitación para que no fuera testigo de las terribles escenas y la enorme vergüenza que la embargaba al día siguiente cuando se cruzaba en la escalera con sus vecinas.  Con el tiempo aprendió a salir con la frente en alto y a disimular; desde entonces procura sonreír siempre, me explica que una sonrisa es la mejor máscara que existe.

Al volver a casa sigo pensando en lo que Neus me ha dicho y creo que tiene toda la razón: ¡Las mujeres enamoradas somos unas idiotas!

Si bien a mí Jordi no me pega y aparentemente me trata bien, no es lo que yo esperaba de esta relación.

Mi día empieza al él marcharse y discurre la mayor parte del tiempo entre cuatro paredes. A veces, para paliar el aburrimiento, miro a través de mi ventana, sin embargo no es mucho lo que veo: un parqueadero de arcilla, un par de techos y más allá las montañas; él me ha contado que en invierno están cubiertas de nieve. Yo sólo conozco la nieve porque la he visto en películas o documentales y ansío que llegue el día en que él me lleve allá y pueda tocarla, olerla, sentirla en mi piel y hacer pelotas con ella para tirárselas en medio de risas. A mí me gusta mucho reír, pero hace tiempo que no río, no como lo hacía antes...

Cambio de ventana y por la otra veo personas que esperan el autobús. No sé a donde van pero me imagino que a trabajar, mas que todo porque estoy acostumbrada a ver que sólo los obreros hacen uso del autobús urbano. Pero allí también hacen su parada los autobuses turísticos. Observo con avidez cada uno de los rostros que asoman por la puerta para apearse. Todos los días espero a que mi fantasía descienda de uno de ellos, pero estoy convencida que me pasará igual que a Penélope: nunca llegará; y si por milagro lo hiciera yo no le reconocería.

Me retiro de la ventana, alejo las cucarachas que pueblan mi mente y prosigo con mis quehaceres domésticos viendo pasar las horas en el reloj, hasta que bien entrada la noche siento la puerta abrirse y me da un vuelco el corazón. Corro presurosa a sus brazos, lo lleno de besos y le digo que lo amo, que lo esperaba impaciente. Él me mira con gesto desganado y me responde:

-“Estoy cansado, ¿qué hay para cenar?”-.

Y me vuelve Neus a la cabeza y el Joan que le pegaba y miro a mi marido casi con odio. No me pega, pero su desgano constante me duele más que mil palizas juntas.

Vuelvo a visitar a Neus, la noto preocupada y es por su hija. Me cuenta que está muy enferma, pero que el hospital donde se encuentra ingresada es muy bueno y está bien atendida. Que la he pillado de milagro porque ha venido a cambiarse y por algunas cosas que necesitaba, pero que ya que estoy aquí se dará un respiro para charlar un rato conmigo sin los agobios de familiares y amigos que sólo quieren detalles de la enfermedad de Laia.

-“Ay hija, quien me lo iba a decir, con lo sana que ha sido mi niña toda la vida.
Si la hubieras visto jugando con todos los críos del barrio cuando el parqueadero era un parque. Daba gusto verla trepándose a los árboles y correteando detrás de una pelota porque, eso sí, nunca jugó con muñecas; más de una paliza me gané del Joan también por esa causa. Me decía que la Laia se comportaba a manera de un macho y no como la mujercita que era, pero yo qué podía hacer. Ella no me hacía caso por mucho que le dijera y bastante sufrimiento teníamos ya en el momento que él llegaba a casa queriendo acabar hasta con el nido de la perra, para yo también reñirla por algo que para mí no tenía importancia. Los niños son niños y cada uno juega con lo que quiere y a su modo, no faltaba más; ya cambiará cuando crezca, le decía yo.

Pero la Laia no cambió, al contrario, con los años se volvió más masculina, más independiente, se parecía a la tramontana, que aparece sin previo aviso y se va sin que nos demos cuenta. Hasta que un día se marchó definitivamente de casa y durante muchos años no quiso ni volver a visitarnos. Mi razón de vivir me dio la espalda, creí morirme sin saber de ella, sin tener noticias de mi niña, pero a todo se acostumbra una; y aunque cada noche me encerraba en el baño a llorarla para que el Joan no me oyera, no perdía la esperanza que algún día regresara. Lo hizo el día del funeral del Joan. Sin explicaciones, sin disculparse, sin darme el pésame. Me dijo:

-“Madre ahora puedes volver a mi vida”-.

Y yo le contesté:

-“Mi niña, tú nunca saliste de la mía”-.

Empecé a visitarla en Llançá cada fin de semana donde vivía con una amiga. Las dos eras maestras en la escuela local y participaban en un grupo de teatro, así que muchas veces al llegar a su piso, éste era un caos lleno de telas y cartones regados por el suelo para vestuario y escenografía, o estaba inundado de compañeros ensayando las obras para el estreno hasta el amanecer.

Laia seguía como la tramontana llevándose todo a su paso con su alegría contagiosa y una energía desbordante que lo abarcaba todo. Incluso algunas de sus noches eran turbulentas. Desde mi habitación oía gemidos y uno que otro grito ahogado y pensé que tenía pesadillas, pero en la mañana ella con una sonrisa me tranquilizaba:

-“Tranquil·la mare no passa res”- y le guiñaba un ojo a la Silvia su amiga y compañera de piso.

Y así se nos han ido los años. Nunca me dio la alegría de unos nietos, ni he podido sentarme a conversar con ella de madre a hija porque me parece que me evade, que algo me esconde, que no es completamente sincera conmigo, no sé. A veces siento como si ese carácter fuerte que tiene, lo dura que es conmigo, fuera culpa mía. Tal vez si yo no le hubiera permitido al Joan que me pegara, si la hubiera obligado a jugar con muñecas, o si la hubiera buscado en el tiempo que se fue de casa, o si… Ya no importa.  Ahora está enferma y me necesita, aunque por la única que pregunta siempre es por la Silvia, menos mal que ella no se ha movido ni un minuto de la cabecera de su cama.  Creo que yo sobro. Pero qué quieres que haga, soy la madre y ahí debo estar, siempre con mi niña”-.

Al mes siguiente cuado fui a cobrar la cuota de la comunidad Rosa me dio la noticia:

-“Esta mañana murió Laia la hija de Neus”-.

Las lágrimas me abrasaban los ojos. Pensé en Neus; en su soledad, en su sufrimiento, en que se había quedado sin su razón de vivir; en lo que sentiría al volver a su casa cuando todo hubiera pasado; al despedir a la última persona que la estuviera acompañando y terminaran las condolencias, los abrazos, las palabras de consuelo; y se quedaran sólo ella y sus recuerdos…

Llegué a la sala del velatorio, la vi junto al ataúd de su hija, pero no fui capaz de acercarme. Aquí se usan esas urnas de cristal como en el cuento de Blancanieves o la Bella Durmiente y me parece demasiado macabro, así que guardé una prudente distancia y esperé para saludarla una vez finalizado el funeral. Estaba serena, recibiendo el pésame de familiares y amigos y me asombró la fortaleza con la que se le veía, tanto que me emocionó hasta las lágrimas.

En la misa volví a llorar, pues una amiga de Laia y Silvia tuvieron unas palabras muy hermosas y sentidas de despedida para ella, sobre todo las palabras de Silvia, que nos hizo caer en la cuenta que hacía tramontana.

-“Es un día perfecto para despedirte amor mío, hoy hace tramontana, te arranca de mi lado el mismo viento que fuiste tú”-.

Y así, en pocos momentos, me transmitieron tanto de su esencia, que fue como si la conociera de toda la vida. 

Esperé a que Neus estuviera sola y entonces me acerqué, la abracé muy fuerte y comencé a llorar otra vez. Ella me miró con una tristeza infinita y me dijo:

-"A mí ya no me quedan lágrimas"-.

lunes, 8 de abril de 2013

La mujer Hyde

La que de un momento a otro se convierte en mala. 

O de pronto es mala por naturaleza. 

Como sea: Es la que siempre actúa con fruición malévola. 


Nota:   
Por el contrario, la mujer Jekyll es la benefactora e inmaculada por vocación. 
Por eso mismo la más atacada por el tedio.

lunes, 26 de noviembre de 2012

El detalle

Lo encontré en esa esquina. Tenía la camisa que yo le regalé hace como cinco años y me sonrojé. Cinco años para una camisa es mucho más de lo que uno espera que dure una camisa. Quedamos frente a frente. Él en el semáforo del lado de allá, yo en el semáforo del lado de acá. Las pestañas se paralizaron. Todo se me paralizó, menos mi mano derecha que se atrevió, con el pulso de un maraquero, a organizarse el pelo. Lo movió desordenamente hasta dejarme tan despeinada como pudo. A él, a ese hombre que traía gafas negras y pelo negro y zapatos azules, le gustaba, en esa época en que le gustaba, absolutamente despeinada. Lo hice mecánico. 

Esperé el semáforo y tuve que ser empujada por una viejita que estaba detrás, de afán, para que se fuera el tatequieto. Caminé. Él no. Caminé y cuando estuve de frente levanté la cabeza, en ese gesto presuroso de ir arriba hacia abajo, que parece un saludo, pero que solo es un sube y baja de la cabeza. Él hizo lo mismo. Seguí por mi lado y él se quedó en ese mismo lado de allá, sin voltearse. Fue un segundo y estaba furiosa, como en los tiempos viejos. Mis zapatos se detuvieron. Mi cuerpo se giró. Mis pies se devolvieron. Mi mano se puso en su hombro. Mi hombre se volvió hacia mí. Mis ojos le miraron. Mi boca, entonces, le dijo, por los viejos tiempos, y le zampó un beso con labial rojo. La cabeza solo tuvo tiempo para un detalle: no era mi camisa. Era la misma camisa, con una etiqueta de compra olvidada: 50 Euros.

viernes, 26 de octubre de 2012

El Principito y el nativo digital

Capítulo perdido de El Principito 
Texto: Regina Carrá Ilustración: Carlos Lavida

El Octavo planeta estaba habitado por un nativo digital. Tenía un smartphone en la mano y no cesaba de tocarlo con los dedos. 

-¡Buenos días! -dijo el principito. 

-¡Buenos días! -respondió cortésmente el nativo, pero no alzó la mirada de su aparato. Las yemas de sus dedos no cesaban de posarse sobre la pantalla. 

-¿Qué haces?- preguntó el principito. 

- Converso con mis amigos - contestó el nativo sin alzar la mirada. 

- Pero estás solo. ¿Dónde están tus amigos? 

-Por ahí... Por allá ... - contestó el nativo. 

- ¿Vamos a mirar un atardecer? 

- No puedo - contestó el nativo. - Estoy conversando con mis amigos. 

- Pero estás solo. 

- No, algunas veces nos vemos en persona. Pero la mayor parte del tiempo nos comunicamos por aquí. Es mucho mejor, no tengo que ir a ningún lado y ellos tampoco. 

-¿Y de qué sirve tener amigos si casi nunca los ves? 

- Me ahorra tiempo. 

-¿Tiempo para qué?- preguntó el principito. 

- Para conversar con mis amigos. 

"Tal vez no vale la pena tener amigos- pensó el principito- si uno siempre va a estar solo." 

viernes, 19 de octubre de 2012

La Hipocondríaca

Cuando el médico le dijo: 
-Tengo dos noticias, una buena y otra mala.
Ella se acordó del comercial radial.
-¿Santiago qué son estas horas de llegar, pensó que no lo iba a oír? Y con los zapatos en la mano...
-Tranquilo papá. Además, te tengo dos noticias, una buena y otra mala.
-Dígame primero la buena.
-El airbag de tu coche está funcionando de maravilla!!!

Por eso cerró los ojos y respiró profundamente. 
-Dígame primero la buena.
Y el médico le respondió lo que ella ya sabía. 
-El resultado de los exámenes de laboratorio muestra que todos los valores están correctos, su estado de salud es óptimo.
-¿Y la mala?
-Que no hay cura para lo que usted padece.

Ella salió del consultorio con una sonrisa dibujada en su cara en señal de bienestar al saber que no estaba enferma, pero tan pronto llegó a su casa lloró horas y horas hasta que las lágrimas se le secaron solas.

Cuando su esposo llegó a comer y le preguntó cómo le había ido en la cita médica se limitó a contestarle con un "bien" a secas y siguió preparando el almuerzo, mientras ese fuego que siente hace años ascendiendo desde el estómago, seguía quemando en su interior...

martes, 2 de octubre de 2012

La Prisionera

A propósito del conflicto sirio y que en la reunión de la ONU fue conjuntamente con la crisis el tema principal, traigo a colación un texto de otro conflicto de hace años en la zona.

"102 de 289. Doscientas ochenta y nueve mujeres. Tú eras la 102. Entraba antes del amanecer en la vieja ciudadela. Cruzaba el puente sobre el parsimonioso Nilo y llegaba al promontorio sobre el que en el siglo XII Saladino había construido una fortaleza, la ciudadela, reconvertida en prisión.

Hacía una ronda con los guardianes del turno de noche y luego iba hasta tu celda. Descorría el ventanuco metálico de la puerta y te observaba. Desnuda, con los grilletes en las muñecas, encogida sobre ti misma. Te habíamos detenido tres días después del asesinato del presidente Al-Sadat. Yo era coronel en la brigada 21 de contra espionaje en El Cairo. Te torturamos y delataste a familiares, amigos y compañeros de la Universidad. Tras esos primeros días te dejamos en paz, sola, en tu oscura y mohosa celda. No llorabas, no te movías, no hablabas. Pese a las heridas, las contusiones, la falta de higiene y la escasa comida que recibías, conservabas una belleza extraña, retadora, amenazante para cualquier hombre. 

Te soltamos seis meses después, una noche, cubierta tan solo con una manta, te dejamos en Mahdi, al otro lado de la línea férrea. No volví a verte. Me llegaron noticias, rumores, de que los Hermanos Musulmanes te habían asesinado en venganza por tus delaciones. No quise creerlos. Miro tu ficha policial y pienso en el desconcertante destino de las personas. 

Tu odio, tu miedo eran proporcionales a mi deseo. Quisiera creer que has sobrevivido. Mañana viajo a Munich."
 

lunes, 24 de septiembre de 2012

La Lectora

A María le encanta leer, le gusta desde chiquita, tanto, que devoraba entero cualquier libro que le cayera en sus manos, hasta esas grandes enciclopedias que había en su casa las leía de principio a fin; de hecho ahora que lo piensa cree que su afición a la mitología griega le viene desde aquella época.

María sabe de memoria la genealogía de todos los dioses que habitan el Olimpo y con frecuencia se imagina a Zeus, Hera, Poseidón, Ares, Hermes, Hefesto, Afrodita, Atenea, Apolo y Artemisa en sus grandes mansiones de cristal maquinando las artimañas con que nos van a seducir o atormentar a nosotros los pobres mortales. Todavía se asombra de la cantidad de formas que adoptaba Zeus para poder yacer con la que se le atravesara; un cisne, un toro, lluvia de oro...

También le gustan los relatos fantásticos y los cuentos de hadas con finales felices. Se sumerge en la trama e imagina que el príncipe vendrá a rescatarla de su vida en su brioso caballo blanco llevándosela a vivir a su lejano reino.
De tanto imaginarlo y hasta desearlo, un día el príncipe apareció y se la llevó a vivir muy lejos, pero el final no fue tan feliz como en los cuentos que leía, ya que con el tiempo él se volvió huraño y desapegado, por lo que ella consultó sus cartas para averiguar que le sucedía y el Tarot le respondió que ahora los sentimientos de su príncipe eran poco apasionados pero leales, que su amor es más mental que físico, que debía conformarse.


María comprendió entonces que estaba hechizada, que una bruja le había hecho un maléfico encantamiento para que ella nunca tuviera un final feliz, que en su caso, los dioses urdían sus ardides no para enamorarla sino para volver su vida miserable...

martes, 14 de agosto de 2012

Hablando de Enamoramientos...

Al hilo del post anterior y con algo que me comentó Sergio, me acordé de uno de esos “enamoramientos” que trascienden a los directamente involucrados, o afectados, dependiendo del cristal con que se mire… 

Siempre se me han pegado las cobijas, desde que tengo memoria me ha costado un montón levantarme temprano, y para mi desgracia, la mayoría de los jefes que tuve (por no decir todos), eran madrugadores. Así que tengo en mi haber de trayectoria profesional como funcionaria pública, las excusas más disparatadas e inverosímiles para justificar mis llegadas tarde a la oficina; desde un trancón en la autopista (que en Medellín lo llamamos “taco”) hasta decir que estaba enferma o en un velorio. Por suerte para mí, o fui demasiado convincente, o mis jefes se dieron al dolor de que yo siempre llegaba tarde 15 o 20 minutos y lo dejaron pasar. 

Pero volviendo al tema de los enamoramientos, tuve un jefe al que aprecié y admiré mucho profesionalmente hablando, el cual desde que llegó a la Institución venía con el claro propósito de tener “un enamoramiento laboral”. 

Me concedió una entrevista antes de posesionarse en el cargo para conocer mi versión de una reubicación de puesto del cual yo había sido víctima, ya que me habían trasladado de la Oficina Jurídica a otra Dirección, (en plan castigo) por algo que ni había hecho, ni en lo que tenía nada que ver, y él quería asegurarse como eran los hechos en realidad, enterándose de primera mano de las dos versiones. 
Congeniamos desde el primer momento y no sé porqué desde ese mismo instante en que nos conocimos tuvimos una complicidad que si bien nunca trascendió el ámbito profesional, si dio pie para varias confidencias a nivel personal. 

Una vez instalado me volvió a citar a su despacho. Pensé que era para solicitarme algún informe de actividades o para indicarme algo, lo normal en estos casos, pero cual sería mi sorpresa cuando me espetó la siguiente pregunta: -¿Cuántas funcionarias buenas hay aquí?- A lo que le contesté que contaba con el mejor personal y el más calificado en su materia, que no sólo las mujeres eran buenas, también los hombres se desempeñaban muy bien. Soltó una carcajada que se escuchó en todo el edificio. –No me has entendido. Me refiero a cuales son las funcionarias de buen ver y a las que les pueda caer.- 
Yo alucinaba pepinos en colores y lo miraba con ojos desorbitados, pero reponiéndome rápidamente de mi asombro le hice un listado de las cinco o seis que yo consideraba las más guapas y dispuestas a mantener un “affaire” con el jefe. Tomó atenta nota, me preguntó por el estado civil de todas y me dijo que porque no me había incluido en la lista. Le respondí que él no era mi tipo. Volvió a reírse con ganas y me dijo que me fuera a trabajar. 

Al cabo de un mes se corrió el rumor que ya le había tirado los tejos a cuatro de la lista, pero que todas, unas con más tacto que otras, lo habían mandado a freír espárragos. Hasta que le llegó el turno a B (por algo dicen que no hay quinto malo) y ahí sí ardió Troya…

Comenzaron el romance más sonado y vistoso de todos los que hubo en aquella Institución. No sólo por la forma metódica con que él la buscó y conquistó, sino porque además de él ser el jefe máximo y estar casado, ella era de las más jóvenes y nuevas funcionarias que había en ese momento. Así que la mayoría decía: “Pobrecita, es que claro, como está recién llegada y es tan sardina, no sabe como es la movida aquí”. Pero lo curioso es que nadie se escandalizaba y hasta nos parecía divertido poder ver a un jefe comportándose como un quinceañero. 

La única a la que no le hacía gracia el romance era a M, la secretaria del jefe, pues llevaba toda su vida acostumbrada a mandar en la sombra manejándole la agenda a los jefes y éste no tenía problema en recibir a su enamorada a la hora que fuera y sin cita previa, aparcando si era necesario para el efecto, cualquier reunión por importante que fuera. Hasta una vez creo que hizo esperar al Gobernador del Departamento antes que privarse de un beso apasionado de B. 

Yo por aquel entonces entre mis funciones tenía la de apoyar jurídicamente unas capacitaciones que se daban a los Municipios en materia de inspección, vigilancia y control de medicamentos y alimentos y ya varios nos la habían solicitado; pero en la dirección financiera no querían darnos la disponibilidad presupuestal para los viáticos de los funcionarios que íbamos a ir, y para colmo de males, el director de vigilancia y control tampoco estaba por la labor, al igual que la secretaria del jefe que siempre nos daba excusas de agenda para concertarnos una cita con él. Así que le dije a la coordinadora del grupo de alimentos y medicamentos: -Como no queda de otra, pidamos el favor a B que nos consiga la cita, ella que tiene línea directa con el jefe nos puede ayudar con ésto si quiere.- Así lo hicimos y para mi INRI, nos dio la cita a las 6 A.M., cuando mi horario de ingreso era a las 7:30 A.M. y yo llegaba casi a las 8. -¿Qué? ¿El doctor fue que se embobó?-, les dije cuando me vinieron con la noticia. -Sólo puede a esa hora, lo toma o lo deja-. 

Sobra decir que no llegué puntual. B y S ya estaban que se subían por las paredes temiendo que nos cancelara la cita por mi retraso, pero yo conozco mi gente y sabía que el jefe no desperdiciaría la oportunidad de empezar el día viendo a “su enamorada”. 
No se cortó ni un pelo cuando entramos a su despacho y literalmente se abalanzó sobre B y la besó en la boca apasionadamente. S y yo cruzamos unas miradas cómplices. Él estaba oyendo boleros y rancheras y la reunión transcurrió con aquella música de fondo. 
De pronto nos interrumpía para tararear alguna de las canciones y dedicársela a B. Nosotras (S y yo) pasamos de miradas cómplices a miradas de mortificación y casi histéricas al verlos a ellos que estaban como en otro mundo, “su mundo”. Hasta que no aguanté más y le dije con todo descaro: -“Doctor, nosotras lo único que necesitamos es que nos firme este memorando dando su autorización para los viáticos, estampe su firma aquí y los dejamos tranquilos que cuatro somos multitud.” 
Se rió con gana pero firmó inmediatamente. En ese momento sonó “Nos estorbó la ropa” de Vicente Fernández y él le subió al volumen mientras miraba a B con ojos soñadores. 

S y yo salimos sin siquiera despedirnos, total estábamos sobrando desde que entramos…

miércoles, 1 de agosto de 2012

Se me creció el enano...

HOY ES UN DIA MUY ESPECIAL, MI HIJO EL SER QUE MAS AMO, CUMPLE 21 AÑOS... 

Hace la bobadita de 19 años, cuando trabajaba en la Personería de Medellín participé en un taller de expresión oral y escrita; tuve la fortuna que mi ejercicio de escritura fue seleccionado para publicarlo en los colegios de Medellín, ésto con el fin que sirviera de instrucción a las adolescentes y prevenir además de enfermedades de transmisión sexual y embarazos no deseados, principalmente los abortos; también enseñarles el valor de la vida y que pueden escoger otra opción, por cuanto es el relato de mi experiencia mientras estuve embarazada de mi hijo. (yo prefiero llamarlo la dulce espera) 

Hoy que cumple mi hijo 21 años y que no lo tengo junto a mí, toda vez que estoy radicada en España y él se quedó viviendo en la bella villa, pensé que nada mejor de regalo (además de lo que le mande, pues no perdona el vil metal. Es broma gordo!!!) que dedicarle esta entrada de mi blog, cambiar la música de fondo por algo de Metallica que es su grupo de rock preferido y dejar de lado la melancolía que me embargaba estos días. 

Así que sin más preámbulos, les transcribo el inicio y final de mi escrito, en otra oportunidad con más tiempo y espacio de pronto me animo a publicarlo completo.

ESPERANDO A JUAN ESTEBAN 

20 de noviembre 
Tengo un retraso de tres días y aunque científicamente no me han confirmado que estoy embarazada, estoy plenamente segura que es así. Siento una emoción creciente que me va envolviendo, que se apodera de mí y no me permite pensar en otra cosa sino en esa realidad que se ha estrellado de golpe contra mi vientre. En mis planes no había estado nunca un hijo, pero él se apareció de pronto y empieza a llenar mi cuerpo de su presencia, pronto no sólo será mi cuerpo el que estará invadido por él, sino mi vida entera. 

1 de agosto 
Ni siquiera pude dormir anoche, mi bebé no se mueve desde el martes, yo le hablo, le doy masajes, le pongo música, pero nada, entonces despierto a John casi al borde de un ataque de histeria, -¡Se murió mi bebé y nadie me prestó atención, yo sabía que no era tapón mucoso, yo sabía que era agua lo que me estaba saliendo, se quedó sin líquido amniótico y ahora está muerto, se ahogó!, -Cálmate, estás muy alterada y eso no te hace bien ni a ti ni al bebé, -¡Ya al bebé no le importa como me pueda sentir, si lo dejé morir!, debí ser más persistente, hacerme examinar y no quedarme con una simple consulta telefónica cuando tuve mis dudas, -Arréglate pronto y nos vamos ya para donde la doctora. Entramos sin tener cita, a pesar de que había muchas pacientes en la sala de espera, ella nos hizo seguir a nosotros primero, me examinó detenidamente y concluyó lo que yo ya sabía, reventé fuente hace casi una semana y el cuello del útero no ha dilatado ni un milímetro, me programó cesárea de inmediato, debo de estar en la clínica a las 3:00 p.m. y sólo puedo beber agua el resto del día, por fortuna parece que mi bebé aún está bien y eso me tranquiliza un poco. Llego a empacar mis cosas y las del bebé, todos los simulacros que hicimos preparándonos para este día y nada salió como lo teníamos previsto, una cesárea no estaba en mis planes, pero es eso o que mi bebé se muera. Nos acompañó a la clínica María Elena, la que va a ser la madrina, están tan nerviosos John y ella que lo primero que echan en la pañalera es media botella de aguardiente, los miro aterrada pero no digo nada. A las 5:00 p.m. me llevan a cirugía, tengo tanto miedo y al cerrarse la puerta de la sala me quedo infinitamente sola, John me dice adiós y deja su mano levantada como para hacerme saber que aunque no esté físicamente conmigo, él está ahí, cerca de mí, acompañándome. Me tienen que poner dosis extra de anestesia, creo que es por lo nerviosa que estoy, no puedo ver mi vientre pues han colocado un parapeto sobre mi pecho que me impide hasta moverme, el anestesiólogo está a mi lado y aprieto su mano con fuerza, creo que se la voy a partir pero sólo me susurra al oído palabras de aliento, todos tratan de hacer de la cirugía algo muy agradable, pero yo todavía no logro calmarme, por fin a las 5:30 p.m. escucho el llanto de mi bebé, ¡ES UN NIÑO! Como lo había intuido desde el principio, el anestesiólogo marca a la habitación y John también puede escuchar el primer llanto de Juan Esteban, los dos lloramos de emoción y él me dice: -Es el mejor regalo que me has podido dar-, contesto: -Te amo mucho, y él -Yo los amo a los dos.

Gordo espero que te guste y recuerdes que te amo desde el primer momento en que presentí tu presencia y siempre te amaré pase lo que pase. 
Annie Madre

martes, 24 de abril de 2012

Soltó sus alas...

Sucedió poco a poco, casi imperceptiblemente; por eso no se dio cuenta al principio y de hecho le tomó mucho tiempo percatarse de su estado actual.

Sólo hasta que leyó aquellas líneas azules comprobó que ella antes era así, pero ya no.
Antes miraba a través del cristal de la ventana y viajaba, se imaginaba visitando lugares distantes y maravillosos, con él por supuesto, ahora sólo ve las manchas y piensa si lo limpiará hoy o mañana.

Recordó sin emoción cuando las mariposas revoloteaban en su estómago esperando algunas líneas suyas, ahora le da igual si él destina aunque sea un segundo para pensar en ella.
Antes compartía alborozada su día a día con él, ahora se conforma con acomodarse bajo su brazo en silencio, le basta con saber que está junto a ella.

Ella soñaba, volaba con su imaginación, ahora ya puso el polo a tierra...

viernes, 10 de diciembre de 2010

Puestos a pedir

¿Quants llibres puc portar?
¿Quants llibres puc portar?
¿Quants llibres puc portar?
¿Quants llibres puc portar?
¿Quants llibres puc portar?

La iba repitiendo como un mantra mientras caminaba capeando el frío envuelta en su abrigo, pero una vez allí, el miedo al ridículo de pronunciar mal esa corta frase, la forzó a hacer su solicitud en castellano.

Y ya puestos a pedir, se llevó tres libros...


¿Quants llibres puc emportar-me?
Florero gracias por la corrección, la tendré en cuenta.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Zarité


"En mis cuarenta años, yo, Zarité Sedella, he tenido mejor suerte que otras esclavas. Voy a vivir largamente y mi vejez será contenta porque mi estrella -mi z’etoile- brilla también cuando la noche está nublada. Conozco el gusto de estar con el hombre escogido por mi corazón cuando sus manos grandes me despiertan la piel. He tenido cuatro hijos y un nieto, y los que están vivos son libres. Mi primer recuerdo de felicidad, cuando era una mocosa huesuda y desgreñada, es moverme al son de los tambores y ésa es también mi más reciente felicidad, porque anoche estuve en la plaza del Congo bailando y bailando, sin pensamientos en la cabeza, y hoy mi cuerpo está caliente y cansado. La música es un viento que se lleva los años, los recuerdos y el temor, ese animal agazapado que tengo adentro. Con los tambores desaparece la Zarité de todos los días y vuelvo a ser la niña que danzaba cuando apenas sabía caminar. Golpeo el suelo con las plantas de los pies y la vida me sube por las piernas, me recorre el esqueleto, se apodera de mí, me quita la desazón y me endulza la memoria. El mundo se estremece. El ritmo nace en la isla bajo el mar, sacude la tierra, me atraviesa como un relámpago y se va el cielo llevándose mis pesares para que Papa Bondye los mastique, se los trague y me deje limpia y contenta. Los tambores vencen el miedo. Los tambores son la herencia de mi madre, la fuerza de Guinea que está en mi sangre. Nadie puede conmigo entonces, me vuelvo arrolladora como Erzuli, Loa del amor, y más veloz que el látigo. Castañetean las conchas en mis tobillos y muñecas, preguntan las calabazas, contestan los tambores Djembes con su voz de bosque y los timbales con su voz de metal, invitan los Djuns que saben hablar y ronca el gran Maman cuando lo golpean para llamar a los Loas. Los tambores son sagrados, a través de ellos hablan los Loas.

En la casa donde me crié los primeros años, los tambores permanecían callados en la pieza que compartía con Honoré, el otro esclavo, pero salían a pasear a menudo. Madame Delphine, mi ama de entonces, no quería oír ruido de negros, sólo los quejidos melancólicos de su clavicordio. Lunes y martes daba clases a muchachas de color y el resto de la semana enseñaba en las mansiones de los grands blancs, donde las señoritas disponían de sus propios instrumentos porque no podían usar los mismos que tocaban las mulatas. Aprendí a limpiar las teclas con jugo de limón, pero no podía hacer música porque madame nos prohibía acercarnos a su clavicordio. Ni falta nos hacía. Honoré podía sacarle música a una cacerola, cualquier cosa en sus manos tenía compás, melodía, ritmo y voz; llevaba los sonidos en el cuerpo, los había traído de Dahomey. Mi juguete era una calabaza hueca que hacíamos sonar; después me enseñó a acariciar sus tambores despacito. Y eso desde el principio, cuando él todavía me cargaba en brazos y me llevaba a los bailes y a los servicios vudú, donde él marcaba el ritmo con el tambor principal para que los demás lo siguieran. Así lo recuerdo. Honoré parecía muy viejo porque se le habían enfriado los huesos, aunque en esa época no tenía más años de los que yo tengo ahora. Bebía tafia para soportar el sufrimiento de moverse, pero más que ese licor áspero, su mejor remedio era la música. Sus quejidos se volvían risa al son de los tambores. Honoré apenas podía pelar patatas para la comida del ama con sus manos deformadas, pero tocando el tambor era incansable, y si de bailar se trataba, nadie levantaba las rodillas más alto, ni bamboleaba la cabeza con más fuerza, ni agitaba el culo con más gusto. Cuando yo todavía no sabía anda, me hacía danzar sentada, y apenas pude sostenerme sobre las dos piernas, me invitaba a perderme en la música, como en un sueño. “Baila, baila, Zarité, porque esclavo que baila es libre… mientras baila”, me decía. Yo he bailado siempre."
Isabel Allende
LA ISLA BAJO EL MAR

lunes, 8 de noviembre de 2010

Cabreo

María se sale de sus cabales. Se le acaba hasta lo angelical. Se da cachetadas, se regaña, se hijueputea. Y no. 
Él puede contra ella, es más grande, es más fuerte, es más… como describirlo, más… más en todo el sentido de la palabra. 

A María le daña el genio el insomnio, tanto como que, después de portarse bien todo un día, le refunfuñen en la cara.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Equivocación

Tuvo la oportunidad de borrar el punto y aparte, de devolverse, de corregir el error, de quedar como una reina. Y no. No le dio la gana. 
Más re-pintó el punto final y sacó una sonrisa llorona. 
Se había equivocado, pero con la cabeza en alto y el pelo brillantísimo, como si fuera un sol.

martes, 28 de septiembre de 2010

Diatriba de amor contra un hombre sentado

"Vas a cumplir medio siglo de vida y todavía no has descubierto que a pesar de los viajes a la luna, a pesar de las seis suites para chelo solo, a pesar de tantas glorias del alma, los seres humanos seguimos siendo iguales a los perros. Todavía soy consciente de cómo me miran los hombres (y algunas mujeres, por supuesto), de cómo me eligen a distancia y se abren paso en la muchedumbre y vienen hacia mí, y me saludan con un beso que a todo el mundo le parece convencional, pero que no siempre lo es. ¡Qué va! La mayoría lo hace sólo para olfatearme, como los perros de la calle, y las mujeres tenemos un instinto para soltarles a unos un olor que les dice que no, y a otros un olor que les dice que sí. Entre la gente que conocemos, aun entre los amigos mas íntimos, cada mujer sabe quienes son los hombres que sí. Es una comunidad unida por un pacto confidencial del cual nunca se habla, y quizás ni se hablará nunca, pero que está ahí, siempre alerta, siempre disponible, por si acaso.

De manera que llegado el día no ha de faltar un hombre que me ame de sobra para despertarme de amor cuando me haga la dormida, para que tumbe la puerta del baño cuando lo esté haciendo esperar demasiado, para que no le asuste ser vampiro en una que otra luna, y que sea capaz de hacerlo donde sea y como sea y no siempre en la cama como los muertos. Que esté preparado para recibir la visita del Espíritu Santo en mitad del almuerzo, y que yo se lo vea en el fulgor de los ojos, y se me quite el hambre con un nudo en la voz, y tapemos los platos para que no se nos enfríe la comida mientras vamos al cuarto y volvemos. Un hombre que no deje de hacerlo conmigo porque se imagina que no quiero, sino que me obligue a querer hacerlo aunque yo no quiera, a todas horas y en cualquier parte, como sea y por donde sea, debajo de los puentes, en las escaleras de incendio, en el retrete de un avión mientras el mundo duerme en medio del Atlántico, y que aun en las tinieblas exteriores o en los finales más ciegos sepa siempre que soy yo la que está con él, y que soy yo y ninguna otra la única que fue mandada a hacer sobre medidas para hacerlo feliz y ser feliz con él hasta la puta muerte”.

lunes, 7 de junio de 2010

Lo que leo ahora...

Como ya dije en otra entrada, en este blog plasmaré todo lo que me apetezca, no sólo temas esotéricos. El siguiente texto es prueba de ello:

"Lo que ocurre es que el hombre, volviendo a Freud y valga la metáfora, se calienta como una bombilla: al rojo en un tris, y frío otra vez en un soplo. La hembra, sin embargo, y esto es ciencia pura, se calienta como una plancha, ¿entiende usted? Poco a poco, a fuego lento, como la buena escudella. Pero eso sí, cuando ha cogido calor, aquello no hay quien lo pare. Como los altos hornos de Vizcaya.  

Sopesé las teorías termodinámicas de Fermín.

-¿Es eso lo que está usted haciendo con la Bernarda? -pregunté-. ¿Poner la plancha al fuego?

Fermín me guiñó un ojo.

-Esa mujer es un volcán al borde de la erupción, con una libido de magma ígneo y un corazón de santa -dijo, relamiéndose-. Por establecer un paralelismo veraz, me recuerda a mi mulatita en La Habana, que era una santera muy devota. Pero, como en el fondo soy un caballero de los de antes, no me aprovecho, y con un casto beso en la mejilla me conformé. Porque yo no tengo prisa, ¿sabe? Lo bueno se hace esperar. Hay pardillos por ahí que se creen que si le ponen la mano en el culo a una mujer y ella no se queja, ya la tienen en el bote. Aprendices. El corazón de la hembra es un laberinto de sutilezas que desafía la mente cerril del varón trapacero. Si quiere usted de verdad poseer a una mujer, tiene que pensar como ella, y lo primero es ganarse su alma. El resto, el dulce envoltorio mullido que le pierde a uno el sentido y la virtud, viene por añadidura.

Aplaudí su discurso con solemnidad.

-Fermín, es usted un poeta.

-No, yo estoy con Ortega y soy un pragmático, porque la poesía miente, aunque en bonito, y lo que yo digo es más verdad que el pan con tomate. Ya lo decía el maestro, enséñeme usted un donjuán y le enseño yo a un mariposón enmascarado. Lo mío es la permanencia, lo perenne. A usted le pongo por testigo que yo de la Bernarda haré una mujer, si no honrada, porque ya lo es, al menos feliz.

Le sonreí, asistiendo. Su entusiasmo era contagioso, y su métrica invencible.

-Me la cuide bien, Fermín. Que la Bernarda tiene demasiado corazón y ya se ha llevado demasiados chascos.

-¿Se cree que no me doy cuenta? Vamos, si lo lleva en la frente como una póliza del patronato de viudas de guerra. Se lo digo yo, que en esto de encajar putadas tengo muchísima experiencia: yo a esa mujer la colmo de dicha aunque sea lo último que haga en este mundo.

-¿Palabra?

Me tendió la mano con aplomo templario. Se la estreché.

-Palabra de Fermín Romero de Torres." (Resaltados fuera de texto)
LA SOMBRA DEL VIENTO
Carlos Ruiz Zafón

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